Boda en Cala Bassa en Ibiza
Maureen e Ignacio
Ibiza no era ni su casa ni su historia. Pero acabó siéndolo.
Eligieron la isla porque estaba en medio. Porque Filipinas y México quedaban demasiado lejos entre sí, porque Madrid no terminaba de encajar y porque, en el fondo, Ibiza no pertenece a nadie.
Y ese día, por unas horas, fue completamente suya.
Una iglesia sin adornos, pero con todo lo necesario
Las grandes bodas suelen tener grandes escenarios. La suya tenía lo justo.
Una iglesia blanca, sin pretensiones. Cuatro paredes encaladas, una puerta de madera, un altar sin florituras.
Nada de grandilocuencias, pero suficiente para que ellos dos se miraran y no hiciera falta nada más.
Elena caminó despacio, como quien no tiene prisa por llegar porque sabe que al final del pasillo la espera su lugar.
Ignacio no paró de sonreír. Y ya no dejó de hacerlo en toda la noche.
Un acantilado, un cielo de globos y un momento suspendido en el aire
Después de la ceremonia, en lugar de ir directos al banquete, subieron a lo alto de un acantilado.
Uno de esos donde la vista se queda sin suelo y solo hay mar, cielo y viento.
Y desde allí, soltaron cientos de globos.
El cielo se llenó de puntos blancos que fueron alejándose poco a poco hasta desaparecer en el horizonte.
Nadie dijo nada.
A veces, los momentos más bonitos no necesitan ser comentados.
La cena en Cala Bassa: arena en los pies, copas en alto, la sensación de que la noche nunca se iba a acabar
Ibiza tiene restaurantes, fincas, terrazas con vistas. Pero no hay nada como cenar en la orilla, con el mar a dos metros y las luces reflejándose en la arena.
Las mesas eran largas, las conversaciones también.
Las copas se llenaban sin preguntar. Las sillas se fueron vaciando poco a poco, porque casi todos acabaron bailando en la arena.
Y en medio de todo eso, Maureen e Ignacio, que seguían mirándose como si el resto del mundo no existiera.
Lo que queda cuando todo se apaga
Podría hablar de la iglesia.
Podría hablar del acantilado, de los globos flotando sobre el mar, de la cena en la orilla.
Pero lo que realmente se queda no es eso.
Lo que se queda es la forma en que se reían cuando nadie más lo hacía.
El ruido de las olas mezclado con las conversaciones bajas de los últimos que se quedaron.
Los zapatos olvidados en la arena.
El momento exacto en el que la música se apagó y alguien se dio cuenta de que el sol estaba a punto de salir.
Ibiza, como siempre, siguió su vida.
Pero esa noche, Cala Bassa les perteneció solo a ellos.